Te brindo un espacio de comprensión y apoyo en los momentos más difíciles de la vida. Estoy aquí para acompañarte en tu proceso y ofrecerte herramientas que te ayudarán a sanar.
Hasta ahora, Mary Lasso ha sido una luz brillante en la vida de amigos, familiares y dolientes de distintas partes del mundo, ofreciendo apoyo y guía en los momentos más desafiantes, especialmente aquellos que enfrentan la pérdida de un ser amado.
Su empatía, comprensión y dedicación son inquebrantables, y eso la ha llevado a emprender un nuevo camino en las aguas digitales.
Es una reunión presencial que se da 1 vez al mes generalmente el 4to martes de cada mes de 7:00 p.m. a 8:15 p.m. en donde los asistentes participan de una ronda de contar su historia del por qué están allí, si deciden solo escuchar y no compartir también es permitido. Luego se sigue el formato del protocolo de la reunión y se cierra con unas palabras para que se lleven un poco más de paz.

Por razones que escapan de mi entendimiento pero me llevan a donde necesito estar, el corazoncito de mi hijo Marco Aurelio dejó de latir antes de nacer. Tenía apenas 7 meses y medio en mi vientre cuando sentí que algo no estaba bien. No tuvo la oportunidad de ver la luz de este mundo, pero sé que vio la luz eterna.
Desde ese momento, mi vida cambió para siempre. En medio del dolor, encontré en la escritura una forma de sanar y honrar su existencia. En tan solo cuatro meses, escribí un libro que es un reflejo de mi amor por Marco Aurelio, donde comparto mis sentimientos, mi proceso de duelo y mi fe. Mi esperanza es que, al leerlo, otras madres que han pasado por una pérdida encuentren consuelo y la certeza de que no están solas. Éste sin saber, fue solo el inicio del camino que me tocaba recorrer.
Mariangelica sin duda fue de las compañías más valiosas y sanadoras durante mi proceso de duelo. Tanto su acompañamiento, como su experiencia en su libro (Marco Aurelio), me ayudaron mucho a entender, aceptar y vivir el duelo desde el amor.
Morir es lo único seguro en la vida, y qué poco o nada nos preparamos para eso. Este taller de duelo es muy valioso no sólo para los que ya consciente o inconscientemente han tenido un dolor por una pérdida de cualquier tipo; sino que es también muy valioso para prepararnos como guerreros de Dios y construir el Reino de Dios en la tierra.
Del Taller de duelo ofrecido por Mariangélica, les puedo decir que fue EXCELENTE por su manera sencilla y entendible de transmitir su contenido, la utilización de ejemplos y testimonios me ayudaron a comprender el tema, su personalidad tan fluida con esos temas y el carisma de ella hizo que yo pudiera captar que lo espiritual no está separado de la psiquis, esto para mi es lo más importante y lo que la hace una persona idónea, porque no solo es el contenido sino quien te lo da.
Hace un año comprendí que un divorcio también es un duelo y decidí iniciar un proceso de sanación. Dios abrió una puerta y recibí la oportunidad de comenzar el camino de Trascender.
Conocí a Mariangélica y a Isa, quienes se convirtieron en personas fundamentales en mi vida. Mediante la escritura y su guía, fui sacando lo que me hundía. Descubrí sesión tras sesión que sí se puede seguir; no es cuestión de olvidar, sino de moldear la pérdida y utilizarla como gasolina. Logré volver a compartir con mis hijos, asistir a misa sin dolor constante y aceptar mi realidad con fe.
El proceso se basó en seis pasos:
Sufrirlo: Expresar el dolor y sacar toda la rabia.
Arrastrarlo: Identificar y liberar miedos antiguos que venían de la infancia.
Analizarlo: Comprender que la pérdida siempre estará, pero no siempre dolerá.
Aprender de él: Aprendí a dejar que todo fluya y reemplazar lo que duele.
Aceptarlo: Aceptar la vida que no planee con la fe de que todo irá bien.
Transformarlo: Construir una nueva historia llena de esperanza y alegría.
Estos pasos me devolvieron la fe, la motivación y la esperanza. Hoy me reconozco como una mujer renovada que confía en el plan perfecto de Dios.
Agradezco profundamente la guía que me mostró el poder de la fe y de la transformación interior. Mary e Isa fueron presencia viva de Dios en mi vida; veo la Gracia de Dios en ellas.
El duelo es tan único como cada persona, como cada mente, como cada mundo.
En mi caso, fue la pérdida de un hijo de 22 años. Jamás imaginé que él partiría antes que yo. Toda mi vida me preparé para lo contrario: mi trabajo, mis ahorros, mis planes… todo estaba pensado para él cuando yo ya no estuviera.
Durante mi preduelo, busqué ayuda: psicólogas, psiquiatras, fundaciones. Pero no encontré lo que necesitaba. Anhelaba un acompañamiento integral, que uniera lo emocional, lo físico y lo espiritual. Nada parecía complementarse, o simplemente no me satisfacía.
Y llegó lo inevitable: la partida de Joshua. Sorprendentemente, estuve tranquila. No por mi fuerza, sino por la gracia de Dios. Le había orado tanto, pidiéndole que no permitiera que Joshua sufriera, que no me tocara verlo sufrir. Sus últimas 24 horas fueron dolorosas, hasta que la morfina lo llevó a un sueño profundo. Dios fue misericordioso con él… y conmigo.
Cinco meses después, el duelo me golpeó con fuerza con toda su intensidad. El dolor me invadió por completo, con todo lo que eso conlleva fisica y emocionalmente. Volví a buscar ayuda, esta vez sin esperanza. Las puertas seguían cerradas. Luego entendí, que Dios me estaba guiando hacia una respuesta y asi me guió para encontrar a Mariangélica.
Ella representó la combinación perfecta: me ayudó a abordar el duelo desde una perspectiva integral, atendiendo mis emociones, mi espiritualidad y mi cuerpo.
Aprendí a distinguir lo que puedo controlar y lo que no. Comprendí cómo mis emociones impactan mi cuerpo. Volví a orar con esperanza y sin distracciones. Reencontré la oración como fuente de conexión divina y entendí que Dios nos habla de muchas maneras. A través de Mariangélica, me dijo:
“The best time of your life has not yet been lived.”
Renové mi fe. Comprendí que el duelo remueve cosas profundas dentro de uno, heridas que solo Dios puede sanar. Aprendí a mirar hacia adentro… y hacia el cielo.
Sí, mi hijo está en el cielo, gozando de la vida eterna. Y yo debo trabajar, con firmeza, para llegar allí también, junto a Dios. Es decir, debo aspirar a la santidad.
Como dice San Francisco de Sales:
“Un santo triste es un triste santo.”
No obstante, es importante aclarar que ningún taller, por sí solo, transforma por completo. Es apenas el inicio de un camino que Dios nos invita a recorrer. Un camino lleno de oportunidades, de fe, de sanación y de esperanza.
También me voy a permitir compartir algo del preduelo que creo que puede agregar valor a quien lea estas palabras.
Fe en el preduelo: Abraham, María y la gracia de confiar
Durante mi preduelo, encontré consuelo y profundidad espiritual al meditar en dos figuras bíblicas que encarnan una fe extraordinaria: Abraham y la Virgen María.
Pensé en Abraham, cuando Dios le pidió que sacrificara a su hijo Isaac. Solo imaginar el dolor que debió sentir, y aun así obedecer con confianza absoluta, me estremeció. Su fe no fue pasiva, fue activa, valiente, radical. Abraham no entendía el propósito, pero conocía al Dios en quien confiaba. Como dice Hebreos 11:17-19, creyó que Dios era capaz incluso de resucitar a su hijo. Esa confianza me confrontó y me inspiró.
También medité en el dolor de nuestra Madre María. Su preduelo duró 33 años. Desde el momento en que aceptó ser la Madre del Salvador, supo que su hijo no le pertenecía. Vivió cada día con la certeza de una misión dolorosa. Y finalmente, estuvo allí, al pie de la cruz, viendo morir a su hijo en medio del sufrimiento y la injusticia. Dolor, impotencia… y sin embargo, una fe inquebrantable. María confió en que, a pesar de todo, la promesa de la resurrección se cumpliría.
Estas meditaciones no dejan de impactarme. Y confieso que, con “envidia”, anhelo tener la fe de Abraham y de María. Es una gracia inmensa, una fe que no se improvisa, sino que se cultiva en la intimidad con Dios, en la oración, en el silencio, en la entrega.
Ambos me enseñaron que el preduelo también puede ser un espacio sagrado. Un lugar donde el alma se prepara, no solo para el dolor, sino para la transformación. Donde se aprende a soltar el control, a confiar en lo que no se ve, y a decir como María:
“Hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1:38).
Atte.,
Xenia Garcia
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Acompañar a alguien en duelo es un acto de amor. Utiliza esta guía para un pésame honesto.